En un Estado Federal como los EEUU, en el que los ciudadanos tienen mucho más poder y dinero que las Administraciones y en el que su propia Constitución les da preminencia consagrando, no el “derecho a la felicidad garantizado por el Gobierno” (engendro comunistoide) sino el “derecho a BUSCAR la felicidad”, si es preciso EN CONTRA DEL Gobierno, los diferentes Estados miembros de la Federación compiten entre sí para ser más atractivos a ojos de los ciudadanos.
De este modo, aquellos Estados que apuestan por la seguridad y bajan los impuestos, aumentan su censo rápidamente, en una sociedad con una alta movilidad. Rudolph Giuliani redujo así el éxodo masivo de clases medias que se había producido en Nueva York, por ejemplo.
En nuestro Estado de las Autonomías (quasi Federal) en el que son las Administraciones las que tienen preminencia sobre los ciudadanos, y con una cultura política de las que en Ciencia Política denominan “gregaria”, las CCAA (equivalentes a los Estados americanos) compiten entre sí para lograr más poder político. Y los ciudadanos siguen ciegamente a sus Gobiernos Autonómicos en esa competición.
Una prueba de este esquema es el resultado del debate de los Papeles de Salamanca.
Al final era la Generalitat la que competía con un Ayuntamiento por unos papeles que ya han sido devueltos a la Administración. En cambio los de los particulares no. Mire usted qué casualidad; las Administraciones siempre por encima del individuo. Y el debate mediático ya se ha acabado.
No creo que sea necesario hablar de la competición entre CCAA por el agua, otra prueba clara de este esquema.
La transición fue muy difícil y salió razonablemente bien. Y el día en que se consagró nuestro Estado de las Autonomías (insisto, con una sociedad civil gregaria y dócil a los Gobiernos) empezaron a ocurrir cosas que pueden gustar o no, pero que son así.
La primera de ellas es que, a pesar de que la racionalidad nos indica que las personas son las que pagan impuestos y no los territorios, en un país en el que los gobiernos están por encima de los individuos, la “unidad fiscal” Cataluña, Valencia, o Murcia, existe, la promueven los Gobiernos y forma parte de la naturaleza de nuestro Sistema Autonómico.
Y de ahí vienen cositas como las “balanzas fiscales” que a nadie debería extrañar que en un Estado Autonómico, insisto, con preminencia de Gobierno sobre individuos, se pidan machaconamente. ¿Es racional? No lo sé ¿Es liberal? Seguro que no, pero es lo que hay.
Pocos ciudadanos reclaman sus propias balanzas fiscales a los Gobiernos, pero una mayoría se suma al de la Generalitat en su petición, aunque esta gestione esos dineros de pena.
Hay entonces dos opciones: apostar por remodelar de arriba a abajo el Estado de las Autonomías (algo que por distintos motivos se pide a izquierda y a derecha, en este último caso más en el ámbito del pensamiento liberal que en el de la derecha política) o bien adaptarse al sistema (Claúsula Camps)
No es esta una cuestión baladí: la derecha política deberá decidir más pronto que tarde cual de las dos opciones elige, porque por diversas razones, el PP ni puede ni debe actuar desde ese relativismo en el que el PSOE se mueve como pez en el agua. Veremos qué pasa.
Conversaciones este fin de semana con gente conservadora masacrada a impuestos individualmente, pero más preocupados por los dineros que gestiona Montilla (puro Matrix) me han hecho ver la luz: o se cambia el sistema y se va al modelo Francia, o nos adaptamos, porque el desarrollo del Estado de las Autonomías va irreversiblemente a una competición entre CCAA en la que ganarán los partidos que convenzan a sus ciudadanos de ser más fuertes en esa batalla contra otras CCAA.
Por eso Camps y Valcárcel son fuertes en sus respectivas comunidades y Montilla y Chaves en las suyas. Gustará o no pero eso es así. Y conviene entenderlo para luego poder decidir el camino.